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Anaximandro, Estados Unidos, Adiós a Honduras de Juan Ramón Molina y el estar lejos de la casa.

 Salir de Honduras no es fácil, digo, no salir como de vacaciones o de viaje de trabajo, que resulta más cómodo en la medida se está mejor económicamente (los pobres no viajan de vacaciones), sino salir sin fecha de regreso, con boleto de una vía, sin poder ver atrás cual mujer de Lot.

Salir de Honduras duele, eso lo sabemos. Una experiencia compartida por muchos y muchas, unos partiendo al exilio económico, a vivir a las sombras de un imperio que nos niega, otros escapando de la muerte. En ambos casos se deja parte de uno. Se suelta el clima, el color verde de las montañas, el atardecer puntual y silencioso que se roba la bala y la indiferencia. Se dejan los amigos y ese amor que pasa a ser nostalgia. Se trae, lo que cabe en la mano desnuda, una honduras que no existe sino en nuestra imaginación.

Existen muchas filas para entrar a Estados Unidos, unas subterráneas, que pasan por ríos y túneles oscuros. Otras, las que usamos aquellos afortunados existentes para el mercado, entre las frías paredes de los puertos.

-¿En dónde estoy? Pregunté al oficial de migración.

Porque todos los puertos son uno solo, como todas las líneas cuando se cruza al otro lado.

-¿No sabe en donde esta? Me respondió preguntando.

-Se a dónde voy, eso es lo que importa. Le dije mientras miraba los escaparates que le niegan a mi gente.

Estados Unidos es un país extraño. Su pueblo, que vive sumido entre boletines de ofertas de Walmart y noticias amarillas de Foxnews hace homenaje sin saberlo a Anaximandro de Mileto, un filósofo del siglo VII que afirmaba que la tierra era un cilindro aplanado y el centro del universo. No se porqué conozco de este personaje ya olvidado, sé sí que fue el primero en aventurarse en hacer un mapamundi. “Allí mismo donde hay generación para las cosas, allí se produce también la destrucción, según la necesidad.” Decía Anaximandro como adagio para el gran imperio americano.

En este país el mundo no existe. Existe el miedo, la duda y la ignorancia. “Palestina es un pueblo inventado”, manifestó Newt Gingrich recientemente en un debate librado por los precandidatos republicanos a la Presidencia de Estados Unidos.

Lo veo y pienso que estados Unidos construye personajes oscuros de rostros limpios, macabras criaturas con olor a muerte. Gingrich han provocado la ira del mundo (o de una parte de él) aunque quizá en el fondo tenga razón: ¿Acaso no son inventados todos los pueblos del mundo? ¿No es Estados Unidos un pueblo inventado?

Aquí las casas están vacías. Durante la década pasada los bancos las ofrecían como confites sin garantías de pago. La gente las compró, confiando en las columnas gruesas de un imperio que les aseguraba la perennidad del bienestar económico. Ahora las han “recuperado” y las dejan podrir, mientras en las medianas de las autopistas se ven las tiendas de campaña y trailers con cientos de familias sin vivienda.

-La economía está mejorando- se dice por todos lados y no nos queda más que confiar en la sabiduría de Goebbels que dijo a principios del siglo XX que una mentira mil veces repetida se transforma en verdad.

En contraste se muestra la crisis en Europa, las guerras en el norte de África, las protestas en China y Rusia.

-¿Podemos esperar para Rusia lo que pasó en Egipto? Preguntaba alguien en la prensa esta mañana ignorando las protestas de los Ocupas de Wall Street.

Esta semana se tomaron los muelles de San Francisco en protesta por un sistema que parece nadie más reconocer.

El Presidente Obama repite las palabras del Presidente Bush de hace 8 años: La guerra terminó. Se repite, como en 1975, la salida de los soldados gringos de una guerra empantanada en tierras distantes y se teme entren a otra guerra aún más desastrosa.

-Estoy preocupada por vos porque aca vas a tener que comenzar una carrera y casi tienes ya 40 años, me dijo mi madre entre inglés y español.

-No estoy comenzando de cero, pensé.

Pero en el fondo ella tiene razón, ella comprende en Estados Unidos todos comenzamos de cero y su preocupación es genuina.

El invierno es duro, se mete bajo la piel y llega hasta los huesos, congela la sangre y las palabras caen como el granizo.

Las calles son silenciosas y los carros andan despacio, en alerta, porque afuera los leones visten de azul y sorprenden en las esquinas.


Juan Ramón Molina (1876-1908)

Juan Ramón Molina era un poeta político, oscuro, depresivo y romántico. Rigoberto Paredes lo describe como el mas grande poeta fracasado de Honduras. Nunca publicó, lo hizo su amigo Froylan Turcios y de alguna manera nunca supo vivir entre los demás poetas.

Fue amigo de Terencio Sierra, quien siendo presidente lo mandó a picar piedra a la salida del sur de Tegucigalpa como castigo por la crítica que hizo de su administración en el artículo “un hacha de afilar” en el Diario de Honduras.

Murió en 1908 de depresión (pero más de sobredosis de opio), en una cantina de San Salvador llamada Estados Unidos.

Decia: En un ambiente como el nuestro, de sorda agresión e indiferencia, el intelectual de veras tiene dos escapatorias para librarse de la muerte por asfixia: o se aísla soberbiamente en su cima, envuelto en su nube, de tal modo que no se digne ver a los genios municipales, acaparadores de gloria barata y al por menor: o les degüella -como si fuesen carneros de un holocausto propiciatorio al arte- sobre su altar de ripios, pacientemente acumulados”.

Molina, el escritor (quizá) más representativo de la tragedia de ser hondureñx, escribió al salir del país un poema que retrata muy bien (a manera casi de sentencia) el dolor de su partida:

Adió a Honduras

Voy a partir: Adiós! La frágil nave,
deslizándose suave,
lanza a los cielos su estridente grito;
y el humo ennegrecido que respira
en colosal espira
asciende a la región de lo infinito.

Las alas de oro, lánguida y cobarde,
pliega la mustia tarde
en la insondable cuenca del vacío,
como águila cansada que al fin toca
su nido en la alta roca,
y se recoge trémula de frío.

Quebrándose en el vidrio de los mares
los destellos solares
las espumas blanquísimas inflaman;
y como hambrientas e irritadas fieras
-mordiendo las riberas-
las bravas olas estallando braman.

El viejo sol, que en su esplender difunde
desde el ocaso se hunde
con un nimbo de vivas aureolas:
El alción fatigado el ala cierra
y se aduerme la tierra
al sollozar de las hinchadas olas.

¿Por qué, por qué con la mirada incierta
sigo, desde cubierta,
la dirección del puerto de Amapala,
si el vapor, con seguro movimiento
sobre el blanco elemento
en busca de otras playas resbala?

¡Oh, tarde melancólica! ¡Oh, astro
que luminoso rastro
dejando sobre el mar, en él te hundiste!
¡Oh vagabundas nubes! ¡Oh, rumores:
afanes punzadores
llevo en el alma, dolorida y triste!

No es el amor el que a sufrir me obliga
y el corazón me hostiga
al despedirme de mi tierra ruda;
Ni la ciega ambición desenfrenada
que a la mente exaltada
cual venenosa víbora se anuda.

Es un oculto y hondo sufrimiento,
algo como un lamento,
el recuerdo de lúgubres escenas
el horrible chocar de los cuchillos,
el roce de los grillos
y el siniestro rumor de las cadenas.

¡Qué triste es ver que en el cóndor de la cumbre
al foco de la lumbre
vivífica del sol el ala tienda,
y de repente, al mutilarlo un rayo,
en tremendo desmayo
en espantosa rotación descienda!

Como ese cóndor del crestón bravío
el noble pueblo mío
movió a la libertad las grandes alas,
y al remontarse a coronar su anhelo
un audaz tiranuelo
se las ha cercenado con las balas.

Así como la flor, rica en esencia,
manchan con su excrecencia
el purísimo cáliz los insectos,
han deshonrado el hondureño solio
-con torpe monopolio-
mandatarios estúpidos y abyectos.

¡Oh, pobre patria! El que de veras te ame,
en indolencia infame
no mirará el ridículo sainete,
sin que encamine, trágico y austero,
el paso al extranjero,
o a los histriones con las armas rete.

Por eso en tus fronteras montañosas
sobre olvidadas fosas
que baña el sol con sus ardientes luces
contempla el caminante, entre zarzales
y abruptos peñascales,
alzarse al cielo solitarias cruces.

Yacen allí, tras las batallas cruentas,
las torvas osamentas
de tus hijos más dignos y valientes,
y que rodaron, en su rabia loca,
de una roca a otra roca
el cartucho mordiendo entre los dientes.

¡Ay! A pesar del largo despotismo
que te empuja al abismo,
a la nostalgia sin hallas remedio,
mares cruzando y anchos horizontes,
tornamos a tus montes
porque nos mata un incurable tedio.

Vi humillada en el polvo la bandera,
extinguida la hoguera
del patriotismo, alzados los protervos,
Hundido el pueblo en vergonzosas cuitas,
las águilas proscritas
por una banda de voraces cuervos.

Vi… ¿Mas pudiera el pensamiento mío
describir el sombrío
lúgubre cuadro de baldón y mengua
que me llenara de indecible espanto?
¡Vigor falta a mi canto
y siniestro vocablo a mi lengua!

Cuando enaltece el déspota triunfante
la poesía vibrante
es triste objeto de irrisión y mofa.
¡Para el infame que a su pueblo abruma
con terror, la pluma
puñal se vuelva, y bofetón la estrofa!

Los que sufrís en el ocio envilecido
sin lanzar un rugido
el látigo ominosos del verdugo,
¿Porqué lloraís? ¡Bien merecéis, menguados,
ser vosotros atados
como los bueyes al innoble yugo!

Pero ¡qué exclamo! Perdonadme, amigos,
que impasible testigos
no fuisteis nunca de la patria ruina,
porque habéis muerto con valor sereno,
coméis un pan ajeno
o sufrís en hedionda bartolina.

Perdonadme también los que entre crueles
burlas, en los cuarteles,
atados de los pies y de los brazos,
con fieros palos y con golpes rudos
de los cuerpos desnudos
la carne os arrancaron a pedazos.

Y tu también perdóname, ¡oh robusta
juventud, que a la justa
ira cediendo, entre el común asombro,
llevaste a cabo insólitas hazañas
luchando en las montañas
muerta de hambre y el fusil al hombro!

De la ciudad al triste caserío
despertó al fin el brío,
a tu voz, de los hijos de mi tierra;
y en sus bases graníticas sentados
los montes enriscados
tu ronco grito repitieron: ¡Guerra!

¿Por qué fue en balde el temerario arrojo
con el que sublime enojo
el pecho diste a la mortal metralla?
¡Ahora que triste la mirada giro
en derredor, te miro
sin sepulcro en los campos de batalla!

¿Qué fue de aquellos que estreché las manos,
que quise como hermanos
en otros tiempos y mejores días?
¿Dónde están? ¿Cuántos son? ¿Por qué se vedan?
¡Ay! ¡De ellos sólo quedan
ilustres sombras y osamentas frías.

¡Todos murieron en la lucha fiera
al pie de su trinchera,
víctimas nobles de un brutal encono;
y hoy Honduras, cometiendo excesos,
alza, sobre sus huesos,
en despotismo asolador su trono!

A los malvados que a su pueblo oprimen
con el crimen, el crimen
ha de poner a sus infamias coto,
o volarán, odiando y vencidos,
del solio, conmovidos
por un social y breve terremoto.

Vendrá la redención… Me voy en tanto.
la noche tendió el manto
por la callada inmensidad del cielo,
y cual del sol enamorada viuda
melancólica y muda
vierte la luna un resplandor de duelo.

La fresca brisa con su beso alivia
mi frente que arde, y tibia
aspiro una ola lánguida de aromas,
¡Efluvio de mis rústicos alcores!
¡Hálito de mis flores!
¡Emanaciones de mis verdes lomas!

Queda la Isla del Tigre tras la quilla
del vapor: el mar brilla
salpicado de espumas luminosas,
que se encadenan y que se forman luego
mil culebras de fuego
sobre las negras aguas temblorosas.